Vamos a partir de una base, los republicanos, en general, lo somos sinceramente, es decir, que hacemos nuestros los principios políticos del republicanismo desde 1789, a saber: igualdad, libertad y fraternidad. Somos republicanos porque somos radicalmente demócratas y, en consecuencia, altamente refractarios a los privilegios socio-económicos. Somos republicanos porque estamos convencidos de que si trabajamos todos juntos, sin renunciar a nuestras ideas ni abjurar de nuestros principios, conseguiremos avanzar todos juntos, sin dejar a nadie detrás ni seguir a los que van por delante. Somos republicanos porque estamos seguros de que La República es el modelo de estado que materializa, que pone realidad objetiva, el principio basal de aquella democracia que vio la luz en la Atenas del siglo V a.C., definida como “el gobierno del pueblo”. Los republicanos tenemos claro que La República no es el final del camino sino el principio, una herramienta con la que transformar la sociedad en que vivimos en una democracia de verdad. Y, por último, los republicanos, los que somos republicanos sinceramente, siempre hemos abogado por una República de ciudadanos, una República de todos y para todos, para los de izquierdas, los de derechas, los de centro y quienes no tienen una ideología definida, porque la República es democracia y la democracia es “el gobierno del pueblo”, de todo el pueblo.
Desgraciadamente, no todos los que dicen ser republicanos lo son. Hay quienes defienden una República determinada, su República, que es la verdadera frente a la idea de República de cualquier otra persona o grupo de ciudadanos organizados, que siempre es falsa. Hay quienes no quieren una República de ciudadanos, de hombres y mujeres libres, iguales y fraternales, sino una República de un solo color político, de un solo grupo ciudadano, de solo una parte de la sociedad. No les interesa una República radicalmente democrática, quieren una República hecha a medida, una República que satisfaga sus propios intereses y las de sus correligionarios; una República que solo les represente a ellos y a los que piensan como ellos, habida cuenta de que están en posesión de la verdad revelada. Son esos que enarbolan la bandera de la II República Española y salen a la calle, dándose golpes en el pecho, mientras exigen una República “ad hoc” y le tiran piedras a la policía. Son estos que dicen ser republicanos pero que mientras en la mano derecha llevan la tricolor española, en la izquierda portan la bandera roja de la hoz y el martillo, en sus diversas versiones, según la secta en la que estén, porque esa religión tiene sus profetas y sus herejías, como todas las religiones. Son esos que dicen ser republicanos pero cuando escarbas un poco descubres que tras el maquillaje todo es roña totalitaria y su dogmatismo autoritario solo se diferencia del que exhibe en estos tiempos convulsos sin asomo alguno de rubor el otro extremo ideológico, apenas en el matiz. Son estos republicanos de pacotilla los que han confundido a la ciudadanía; son estos totalitarios disfrazados de republicanos los que ponen en peligro la III República Española.
La República no vendrá, tenemos que traerla, y no la podemos traer unos pocos sino que la tenemos que traer todos, sin excepción … bueno, sin excepción tampoco, nos sobran los totalitarismos antidemocráticos porque la República es democracia, es un dogma insalvable. Como veis, también los republicanos somos dogmáticos. Ustedes verán qué dogmas les vienen mejor, los nuestros, radicalmente democráticos, o los de otros, radicalmente totalitarios.
Enrique Casanova








